
Tiempos de Crisis
Estando yo buscando trabajo, un día, me fui hacia el centro de la Pequeña Ciudad.
Buscaba, buscaba, buscaba. Buscaba, les digo, obsesivamente buscaba en cada letrero, en cada negocio, e, incluso, en cada persona que por allí estuviere caminando.
-¿Necesita usted-y preguntaba yo, pues-algún dependiente?
Negativas, negativas y negativas. Y más negativas. Entonces, y esa mañana, y con un mar que furioso casi se devoraba las escolleras-cansado yo y con los pies que parecían dos grandes piedras-, me detuve al fin: quedándome quieto, y observando, como melancólicamente, a este mundo de los justos y de los injustos, bajo la lluvia o bajo el sol: allí en la Plaza Mayor de la Pequeña Ciudad.
El tiempo pasaba, recuerdo, como suave y muy lento, bajo ese sol tan tenue y tan débil.
El tiempo- recuerdo que pensé- pasaba: como los vientos sobre las hojarascas.
Y nada- me decía yo-, y nada importante, hoy, y al igual que ayer, aquí bajo el sol. Pues no hay trabajo. No hay trabajo.
Negativas, negativas, negativas, me decía, y al llegar bajo los soportales de la Plaza Mayor. Mientras vanamente, insistentemente, yo miraba, por los pequeños negocios de por allí, y en pro de ver algún letrero-y la palabra no ha de ser exagerada-milagroso: que requiriese no tan solamente los servicios de mis habilidades económicas-pensé-, sino que, o sobre todo, también requiriese los servicios de todas mis habilidades, digamos, humanas.
Pero, al menos-también pensé-, a todos les somos indiferentes los desempleados: hay que ver, de tal manera, las cosas positivas: nadie está en mi contra y a nadie le va ni le viene mi desgracia.
¡Pero qué error, qué error y qué error este pensamiento había de ser! Ya que así está hoy el mundo, siendo hoy el dinero lo más pragmático, pero también lo más humano que existe: y es que la gente a veces quiere o deja de querer por dinero, sí, como en todos los tiempos, pero es que hoy en día, y además, la gente a veces quiere o deja de querer, únicamente, por dinero. La gente hace daño o no hace daño- o al menos, a veces, intenta hacer daño- también únicamente por dinero…., como en ese día, ya se los digo, bien que yo lo podría comprobar.
Debía, no obstante, y era la idea, en verdad obsesiva, que me ocupaba el alma por ese tiempo, encontrar trabajo-y es decir dinero-: máxime cuando Lucía-y mucho yo, por esos días, en ella pensaba-se mostraba tan distante para conmigo.
-Pero si tú no tienes trabajo-era lo que me decía, ¿o lo que me espetaba?, ella por esas semanas, casi eludiéndome.
La gente, en la Plaza Mayor, aunque muy poca, iba y venía distraída de mí y del mundo-pensé-. Y con las manos en los bolsillos, una vez más, hube de soportar a la inevitable pregunta, de ese día y del día de ayer, y también (pensé, insisto) acaso de muchos y de muchos días posteriores:
¿Y ahora-me pregunté, pues-: qué es lo que voy a hacer aquí sin trabajo, en la Pequeña Ciudad?
De pronto, y en un rincón de la plaza- ya con el sol un poco más alto sobre el cielo- lo veo venir a un señor. Era de mediana edad y de aspecto más bien jovial, según yo lo pude observar, y venía también con las manos en los bolsillos. Y así con un aire más bien distraído y por ende amigable, había él de acercarse hacia mí, bajo un gran soportal, y a la vez que me decía, luego de unos segundos de silencio:
-Hola-dijo, jovialmente-. Hola. Y vaya día, ¿eh?
Yo, parco, contesté (ya no recuerdo exactamente con qué palabras), pero el señor podría así continuar, charla que te charla y que te charla; hasta que, luego, hube yo de prestarle algo más de atención.
Después de un rato, pues, les digo, lo escuché con más atención (y viendo yo que tenía un aspecto agradable, de buenas ropas, y aire confiado y amigable), y en este ánimo me dijo que había vuelto a la Pequeña Ciudad (de tal manera la llamó) luego de ciertos años de ausencia (doce años, me dijo, según recuerdo), y que había vivido en ella más de diez, y que ahora tenía por aquí, en fin, ciertos parientes a los que visitar. Me contó (no sin orgullo, no sin soberbia): de unas fincas que poseía en su tierra, Jaén, y, señalando, al cabo, hacia la estatua negra y sombría, casi sobre el mar, del viejo rey de la Pequeña, Tranquila y Amable Ciudad, recuerdo que, y con gran convicción, habría él de preguntarme:
-Y, ¿ha visto usted-preguntó, y mientras el sol se asomaba, sí, por detrás de la estatua-, ha visto usted, señor, que ya ha salido el sol?
Un aire como de misteriosa confidencia o, se podría decir, complicidad, parecían como exhalarse de cada uno de sus gestos (¿o incluso, de cada uno de sus silencios?), y en esas cuestiones yo estaba pensando, cuando en un momento- bien que lo recuerdo- el señor me dijo, como un poco cansado, y como un poco risueño:
-El clima es gratis-reflexionó diría que un poco insensatamente-. Ocho años, sí, ocho años-continuó- estuve en esta ciudad. No tenía nada, ni un céntimo. Y nada nadie me daba. Ya ve. Pero ahora todo es distinto.
Luego, lentamente, después de un, pensé, apabullante, extraño, ¿burlón?, silencio, mi extraño interlocutor continuó:
-Yo también-me dijo, sin haberme preguntado nada acerca de mi situación-estuve sin trabajo, un tiempo, aquí en la Pequeña Ciudad. Pero ahora todo es distinto.
-Es-y mirándome, fijamente-realmente algo difícil esa situación. Pero ahora todo es distinto.
-Recuerdo-agregó-que mucha gente se comportaba como reyes o emperadores, como si dijéramos, hacia mi persona, o como si con un gesto pudieran disponer de la vida de los seres humanos. O-agregó, enigmático-también de la dignidad. Nadie daba trabajo. Y lo más curioso, señor, es que yo claramente veía que muchos de ellos, aquí en la Pequeña Ciudad, tan solamente no me querían dar un trabajo, o un sueldo, por algo que en realidad no es tan misterioso, y por algo que, en realidad, es muy simple para los seres humanos.
Tenía yo que hacer la pregunta, y la hice:
-¿Qué?-pregunté, fingiendo, ¿acaso?, un poco de distracción-. ¿Qué? ¿Qué es, o qué fue, lo que usted percibía en la gente?
Me miró unos segundos. Y de pies a cabeza.
Y agregó:
-Que los que más tienen-me dijo, por fin- no únicamente tienen lo suyo, sino que también, y mal que nos pese, poseen incluso lo que los demás no han de poseer.
-¿Cómo?-pregunté.
-Je, je, je-y sonrió, casi, como un niño-. Ja, ja, ja… ¡¡¡Que los que más reciben y que los que más ganan con determinado sistema, sea el que sea, son los que menos han de dar!!!
-Todo es cuestión de fe-agregó, pensé (y ese día yo pensaba muy obsesivamente, ya ven), casi como si él mismo quisiera convencerse de sus palabras.
Y luego:
-Pero ahora todo es distinto.
Como ustedes tal vez podrán ya imaginar, nada yo contestaba a ese insistente, obsesivo, extraño:
-Pero ahora todo es distinto-y dijo una vez más, y vanamente, mi interlocutor.
Por fin, pasado otro rato, decidió ser él, supongo, algo más explícito:
-Buscando trabajo, ¿eh?-preguntó.
Un silencio, otro silencio más bien.
-Así son las cosas-le dije, observándolo de reojo.
-Así son las cosas-añadió, ¿socarrón?, y observándome de reojo, él también.
Después, y aunque yo ya avisado de sus (malas) artes, había él de añadir:
-Ya ve-dijo-, hace muchos años no tenía yo trabajo, ni dinero, en esta Pequeña Ciudad. No podía comprar ese apartamento, o el otro, ni ir al club de regatas, ni comer con los aristócratas de la ciudad, ni tener un matrimonio conveniente… o, mejor, una relación conveniente… No podía-dijo-hacer nada de lo que ahora no puede hacer usted, ¿no? Je, je, je.
-Es una pena-dije, ya, bastante ansioso.
Luego de un silencio resignado, casi como por pura fórmula, le hice mi gran pregunta:
-¿Y no podría usted…?-comencé, así, algo vago, indeciso, y acaso tal vez yo también un poco socarrón.
Pero él me cortó en seco.
-No. No-exclamó-. No. Parece usted-dijo- un buen hombre. Un joven promisorio-agregó, creo, no sin sorna-. Pero yo he estado en la situación de usted-añadió-, y, ya me comprenderá… Que bueno: que no se puede dar trabajo así como así.
-Una negativa-exclamé, y risueño-. No hay trabajo, no hay trabajo y no hay trabajo. ¿No es así? Es algo que ya sabemos los dos.
-Algo que ya conocemos los dos. Sí, sí. Veo que me entiende. Pero las negativas de hoy-agregó, y con un tono de tecnicismo tópico o, tal vez, de insidiosa resignación-, son las positivas de mañana. ¿Verdad?
Sonrió, nuevamente.
Los que más tienen-pensé con no poco oportunismo, y repitiendo en cierto modo a los conceptos de ese sujeto-son efectivamente los que menos han de dar. Así es.
-Yo sin embargo y pese a la crisis, no me siento mal-prorrumpió entonces mi reciente conocido y de manera bastante exultante.
Señaló, llegado este punto, hacia la estatua: sombría y negra y antigua, de la Pequeña, Tranquila y Amable Ciudad, y por la que en esos momentos el sol, también reflejado, lejos y enigmático, sobre el mar, estaba saliendo cada vez más y más y más: dorando y bronceando a las, viejas, piedras de la Plaza Mayor y del Ayuntamiento: las piedras, pues, cargadas de sal y de tormentas y faltas y de necesidades. Las piedras, casi, sobre las olas del mar.
-¿Necesita de verdad un trabajo, eh?-insistió, e insistentemente, socarrón.
-Aquí no mucho va a usted a encontrar. Quizá en Madrid.
Asentí con la cabeza.
-Vaya lluvia-dijo como una media hora de silencio después, y es que en efecto el sol se había ocultado ya y caía, tenue y segura a la vez, una fría llovizna-. A ver si soluciono cierto problema… con un dependiente-añadió con su habitual ámbito de extrañeza.
Volví a prestarle atención, pues yo me había distraído un poco de él y estaba contemplando la lluvia, hasta esos momentos. Maldito de mí, me dije, que me olvidé a mi viejo paraguas en casa.
-¿Un dependiente?-no pude evitar preguntar, sin embargo, y mal que me pese, y con todos mis sentidos otra vez en alerta.
-Sí, sí-exclamó-. Es un pequeño negocio, una fruslería la que tengo-y sonrió, sí, sonrió-. Pero es que es algo muy, muy, demasiado pequeño…., para dependientes de más categoría-culminó, observándome.
Yo asentí, y otra vez en silencio.
-Bueno-dijo él-: son tiempos de crisis, señor-y retomó su clima sutilmente satírico-. No ha de preocuparse, usted, demasiado, si no encuentra trabajo de momento.
-Así es. Así es-exclamé, inevitablemente conciliador, y hasta esperanzado todavía-. Son tiempos de crisis.
-¿Y quiere que le diga algo?-preguntó luego de un largo silencio, y como con un (pensé, correctamente) ansioso ademán de irse.
-Sí-le dije-. Diga.
Yo todavía aguardaba, y es que, se los confieso, era algo que no podía evitar: bajo el oprobio de mi orgullo, de mi dignidad. Pero antes de retirarse, y para siempre, de mi vista, ese señor, pues, nada más agregó de dependientes o nada dijo de presuntas ofertas laborales, y en cambio entonces sí que había de decirme tan solamente (y entre las brumas y la estatua, y allá lejos y lejos, y en el muelle del rey):
-Son tiempos de crisis-dijo-. Que son tiempos de crisis… Pero la lluvia, siempre, es gratis, ¿o no? Ja, ja, ja.
Abrió su paraguas (y es que yo no tenía uno tan bueno como ese, ni tan malo, ni tan nada, pues no tenía ninguno en esos momentos), y con el mismo, ¿socarronero?, aire de buen humor, me hizo él como señas de despedirse, guiñándome un ojo y removiéndose todo su cuerpo, se diría, bajo los temblores furtivos de una, o no demasiado furtiva-pensé-, sonrisa.
Yo le dije, risueño, mas en el fondo malhumorado, que no había de faltar el día: en el que, incluso, a la lluvia habría de pagarse.
-Sí, sí-dijo-, sabias palabras, sabias palabras. Y ya ve-agregó, y ya se iba alejando de mí, bajo la lluvia-. Se vive no tan solamente de hechos: pues también las palabras cuentan…o los pensamientos.
Se fue ese día, y con esa frase irónicamente tópica, sensiblera y melodramática-pensé, no sin acierto-, hacia los lugares en que yo nunca-sin empleo, y ni dinero- había de ir.
Y así que miré, y miré, y miré, hacia el cielo: que, justamente en esos instantes, volvía a despedazarse, gris y poco halagüeño, en una fría y tenaz llovizna.
Miré, digo, y mientras pensaba: que llueve para los justos y para los injustos, y que el sol también es para los justos y para los injustos, y, o sobre todo, que el sol y que la lluvia, ¿o que todas las cosas en verdad más importantes, tal vez?, son a fin de cuentas gratis.
Así que, y como venía diciendo, yo no tenía paraguas: pero no menos cierto, les digo, es que la lluvia era, y es, y será, tan gratis como respirar, o caminar, o dormir; o, acaso, la lluvia es tan gratis, a veces, como pasarla bien.
En verdad, realmente-me dije-, es mucho mejor tener dinero para pasarla bien. Aunque-me dije también-: no siempre es necesario-y era una palabra importante- tener dinero para pasarla bien, o menos peor.
Así que me fui, de la Plaza Mayor, bajo la lluvia fría y gris y tenaz, de la Pequeña y Tranquila y Amable Ciudad.
Caminé, en fin, y mucho me iba mojando. Aunque no dejaba de preguntarme:
¿En verdad ese señor estará bien, si necesita burlarse de mí, o si necesita a mi pobreza para él sentirse rico o más rico?
Caminaba, caminaba, caminaba. Bajo la lluvia, bajo la lluvia, bajo la lluvia. Sin paraguas y sin paraguas y sin paraguas. Y, no obstante, sin paraguas yo iba disfrutando de la lluvia: lo mejor que podía. Porque pensando-era lo único que podía hacer con todos los hechos en mi contra: pensar- en mi reciente interlocutor, no con un deje de socarrón, sino con humildad (e incluso con algo de vergüenza, mas no sin justificado revanchismo), mientras yo volvía a mi casa me decía, murmurando entre dientes:
-Mejores-me dije-son a veces: algunas riquezas de los pobres… que algunas pobrezas de los ricos.

Daniel Alejandro Gómez (Buenos Aires, 1974), escritor, ensayista y dibujante. Estudios de Informática y Filología. Libros publicados: Muerte y Vida (Ediciones Mis Escritos, Argentina, 2006), y la novela electrónica Sembrar Palabras (EBF Press, España, 2002). Mención y medalla Concurso Bioy Casares, cuentos, 1999, finalista y diploma en Concurso Hespérides Universidad de La Plata, Argentina, 2007, Accésit y Mención Especial en Concurso de Novela Revista Katharsis, 2008. Publicó cuentos y poemas y ensayos en medios electrónicos y en periódicos y revistas impresas especializadas de Argentina, de España-por ejemplo en la Revista Cuenta y Razón-, de Estados Unidos, de Brasil y Colombia.
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