| | | | | | |  | | Herederos del Caos | | número 15 - Marzo - Agosto 2010 |
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Carlos Almira Picazo
Hay que pensar la imagen y su poder. Este artículo quiere indagar en esta cuestión: hasta qué punto puede basarse una sociedad, o incluso una civilización, que esgrime la libertad individual y colectiva como uno de sus valores fundacionales, en el predominio de la imagen sobre la palabra escrita.
Si recorremos el pasado desde la invención de la escritura hasta el siglo XX constatamos que durante la mayor parte de su Historia, la humanidad ha vivido sumergida en la cultura de la imagen. La lectura y la escritura eran el privilegio de una minoría. Este hecho se interpreta como una prueba más del desigual reparto del poder social en un doble sentido: en primer lugar, porque los analfabetos son el producto de sociedades agrarias tradicionales, técnicamente atrasadas, que no exigen una mano de obra cualificada (a su vez, esta mayoría iletrada está excluida por mecanismos puramente económicos del acceso a la enseñanza y a la “cultura superior”); en segundo lugar, el monopolio sobre la letra impresa por parte de la elite social, le aseguraba el predominio y el poder simbólico sobre la masa de la población así como la reproducción de sus esquemas culturales de dominio.
Por otra parte, desde la perspectiva de la Historia del Arte y desde los análisis de la Iconografía (sobre todo de la iconografía cristiana en occidente), se aventuran hipótesis y explicaciones muy interesantes sobre el uso de las imágenes en la consolidación y reproducción de las relaciones asimétricas de poder en las sociedades tradicionales. Pero quizás no se ha puesto suficientemente el dedo en la yaga, en el sentido de desenmascarar el potencial de dominio que posee en sí misma toda imagen, muy por encima de la que pueda tener cualquier discurso escrito. Y sería urgente indagar esto puesto que vivimos, por primera vez en la Historia, en una situación en la que las relaciones de poder pretenden ser democráticas, y al mismo tiempo la cultura escrita está siendo desbordada por la vieja cultura de la imagen.
En primer lugar, no conozco ninguna sociedad del pasado en la que la cultura de la imagen haya permitido el desarrollo de un mínimo de cultura democrática: la Atenas de Sócrates (haciendo abstracción del esclavismo), como la Holanda de Spinoza, fueron anomalías en este sentido, entre otras cosas por una mayor socialización de la cultura escrita, vinculada en la primera a la consolidación de la Polis, y en la segunda al triunfo del Calvinismo y a la exigencia religiosa de leer el Antiguo y el Nuevo Testamento por parte de los cristianos reformados. Pero la vieja cultura de la imagen, que yo sepa, nunca favoreció (fuera de la Prehistoria), la expansión de relaciones sociales más simétricas, equilibradas y libres.
Naturalmente, a esto contribuían condicionamientos históricos y materiales muy distintos, pero el hecho es que la utilización de las imágenes como principal medio de intercambio simbólico en estas sociedades tradicionales, muy rara vez socavaba la distribución del poder social como tal (otra cosa era su uso en las luchas políticas y religiosas por el poder entre las propias elites, lo más parecido en muchos casos a lo que hoy ocurre en las campañas electorales de muchas democracias avanzadas). Cabe entonces preguntarse: ¿hay un “pecado original” en la imagen del que estaría libre el discurso escrito, y que la haría más proclive al reforzamiento y justificación de todo tipo de relaciones asimétricas de poder? ¿Y si lo hay, en qué consiste, y qué nos cabe esperar del presente y del futuro inmediato, dominados por los Mas Media?

Por supuesto, el tipo de mecanismos actual de producción, difusión y control de la imagen y los de las sociedades tradicionales son tan diferentes como universos separados. Pero al fin es una imagen, un icono, lo que se impone con toda su carga de emoción y significado, en el proceso de comunicación social. El campesino que se aterrorizaba ante la visión del Infierno esculpida en una portada románica, y el niño que se extasía ante un slogan publicitario, se enfrentan en último extremo al mismo tipo de objeto simbólico, sugestivo y poderoso: una imagen.
Para empezar, en cualquier imagen (una cruz, una hoz y un martillo, una esvástica), la relación entre el significante y el significado es mucho más compleja y escurridiza que en cualquier discurso escrito. Los mundos que se pueden sugerir, el carácter de apertura hacia lo “real” del lenguaje icónico parece mucho más poderoso que en el lenguaje escrito. Un escrito pierde inmediatamente su actualidad y su contexto (el encanto fugitivo de la palabra hablada); un icono parece cargado para siempre de su capacidad primigenia para crear y sugerir mundos. En el lenguaje natural, escrito o hablado, los participantes en el proceso de comunicación son conscientes (hasta el extremo de no tener que pensar ni volver sobre ello) de estar utilizando signos, convencionales por definición, para significar cosas. Por el contrario en el lenguaje icónico los signos son las cosas mismas, o tienden a confundirse con ellas: signo, símbolo y realidad, son la misma cosa.

Aunque (salvando la excepción del lenguaje Braille y similares) las palabras escritas entran tanto por los ojos como las imágenes codificadas, lo hacen de maneras muy distintas: las palabras escritas penetran en nuestra conciencia como heraldos, como mensajeros más o menos felices de lo que quieren significar en cada caso, por supuesto con toda su inevitable carga de ambigüedad; en cambio, las imágenes irrumpen como si fueran el propio mundo, que por definición es tan incontestable como esta mesa donde escribo, el ordenador, etcétera. Por ende, la complejidad semántica de las imágenes las vuelve difícilmente controlables por la multitud que las recibe como hechos masivos, reales, sagrados, incontestables, quizás sólo domeñables por el Arte. El emisor de lenguajes icónicos se reserva una carga de poder y oscuridad casi comparables a las que la Realidad del mundo esgrime frente a cada uno de nosotros.
El filósofo inglés David Hume diferenciaba precisamente el sentido de la vista del resto de nuestras percepciones en un hecho fundamental: mientras el olfato, el tacto, y en algo menor medida el gusto y el oído me remiten en primer lugar a la conciencia de mí mismo, los ojos parecen dibujar un mundo que está fuera de mí y que funciona con sus propias reglas, más o menos misteriosas. Un mundo al que, en primer lugar, debo de adaptarme, e intentar en lo posible domesticar, dominar o controlar, pero sobre todo asumir. Los ojos son el sentido primordial de los cazadores y recolectores, de los sacerdotes, los guerreros, etcétera, son las ventanas por donde entra lo que hay fuera, por ejemplo el Estado. Y lo que hay fuera es por definición, indiscutible y sagrado (salvo que uno se entregue a la reflexión o al arte ante la inquietante maravilla del mundo, pero esta es otra historia). En suma, quien administre lo que entra y el cómo entra por los ojos, poseerá las claves del poder y el dominio de una sociedad en mucha mayor medida que quien controle el sentido y el significado de las palabras. Si esto es así, ¿hasta qué punto correrán peligro actualmente nuestras instituciones y valores democráticos, tan excepcionalmente conseguidos?
Antes de conocer a las personas uno acepta o rechaza su imagen. El amor (el enamoramiento) y el odio no sólo preceden al conocimiento racional, sino que aspiran a independizarse de él, más aún, a imponerse sobre cualquier criterio de verdad o justicia. En este sentido funcionan como los mismos hechos del mundo. Volviendo a Hume, podría hacerse aquí extensible su famosa reflexión sobre la amoralidad de los hechos, la famosa ruptura epistemológica: así, por ejemplo, de la descripción minuciosa de los Campos de Exterminio nazi nadie podría extraer (si no sólo aportarlos a posteriori) ninguna clase de juicio moral. Si la ruptura epistemológica de Hume pudiera hacerse extensible al lenguaje de las imágenes, nuestra cultura democrática se vería amenazada entonces de un modo formidable y sólo comparable al de los viejos sistemas teológicos: es decir, los dueños de las imágenes no sólo tendrían en sus manos la definición última de la “Realidad” sino la propia realidad última de lo que es bueno y lo que es malo, el “Bien y el Mal”.
Queda, no obstante, la posibilidad y la esperanza de que las nuevas tecnologías, aún basándose fundamentalmente en el lenguaje de las imágenes, escapen a un control monopolístico en su distribución, codificación y decodificación (tal podría ser el caso de internet, que tantos quebraderos de cabeza parece estar dando a los regímenes no democráticos y aún a los democráticos). La oligarquía, con todo, parece resistirse a pasar al desván de la Historia, empeñada en seguir siendo la esencia de la política, con o sin democracia. Por otra parte, del mismo modo que uno debe tener cuidado cuando se enamora frente al fulminante primer flechazo, debería manejarse también con sumo cuidado el lenguaje de las imágenes. Las imágenes son nuestras sirenas. Debería pensarse en su valor y en su poder.
BREVE BIBLIOGRAFÍA
BARDIN, Laurence: Análisis de contenido, Madrid, Akal, 1986.
BERNSTEIN, Basil: Clases, códigos y control: Hacia una teoría de las transmisiones educativas, Madrid, Akal, 1988.
HUME, David: Del conocimiento, Madrid, Sarpe, 1984
MICHELS, Robert: Los partidos políticos: un estudio sociológico de las tendencias oligárquicas de la democracia moderna.
Carlos Almira Picazo. Nació el 31 de mayo de 1965 en Castellón de la Plana, España.
Doctor en Historia por la Universidad de Granada. Autor de una novela en papel: Jesuá, ed. Entrelíneas, Madrid, 2005; de un ensayo en papel: ¡Viva España! El nacionalismo fundacional del régimen de Franco (1939-43), Editorial Comares, Granada, 1997; de una novela en formato digital: Todo es Noche, Prometeus mdq, abril 2007; y de un centenar de cuentos y ensayos, publicados en revistas como Adamar, Axxon, Ed. Badosa, Destiempos, El Coloquio de los Perros, Cañasanta, Diezdedos, Remolinos, Magazine Siglo XXI, El Fantasma de la Glorieta, Revestidos, Tiempos Futuros, Quaderns Digitals, Literae Internacional,Ariadna, Fábula, Cuadernos del Minotauro, etcétera.
Email: carlosylolaarrobagmail.com
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