| | | | | | |  | | Herederos del Caos | | número 15 - Marzo - Agosto 2010 |
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| | Carlos Almira Picazo
Lo que pone en juego la creación artística es una amenaza tan poderosa para cualquier sociedad como el nacimiento, el sueño o la muerte: es el mundo mismo. La materia prima del arte es la “oscuridad del instante vivido”, la realidad radical, última e irreductible a la Razón.
Durante muchos años viví sólo la faceta creativa de la producción de arte. Por supuesto, yo era consciente de que estaba fabricando objetos que, algún día, podrían ser distribuidos y vendidos ni más ni menos que los coches o las lavadoras. Pero el hecho de no tener aún un público dispuesto a pagar por ellos ni un editor dispuesto a arriesgar su capital, me hacía incurrir en la ilusión de que estaba produciendo exclusivamente cultura.
Cuando presenté mi última novela me di cuenta de que era una mercancía, tan digna y necesaria como otras muchas, ni mejor ni peor que ellas. Yo tenía delante de mí un objeto, un libro de doscientas cincuenta páginas con ilustraciones, portada a tres tintas, flexible, con solapas, algo mayor que el formato bolsillo, y que prometía una historia más o menos bien contada a quien se gastara en él dieciséis euros.
Sin embargo, como yo lo había escrito, sabía, o mejor dicho, intuía que mi novela contenía algo más (y también algo menos) que el producto editorial que entonces estaba promocionando como autor. Además como tal autor, también yo era algo más y algo menos que el puro creador solitario de la historia que ahora trataba de vender: lo que, con todas las salvedades, en distintas épocas se ha llamado un artesano o un artista.
Reflexionando sobre esto, acicateado por esa perplejidad, llegué a algunas intuiciones inquietantes y paradójicas: en primer lugar, me pregunté si yo podría seguir creando arte y, al mismo tiempo, ser un productor y un vendedor de mi mercancía como cualquier otro. Y esto me llevó a otros muchos interrogantes.
Estaba y está claro para mí, que un libro, o un cuadro en nuestra sociedad (y casi en cualquier otra), son bienes económicos en un sentido pleno: es decir, requieren un saber más o menos especializado para su producción; son diseñados para un público o mercado; y poseen las características universales de cualquier mercancía (un valor de uso y un valor de cambio), susceptibles de ser intercambiadas en el mercado.
Por otra parte, lo que yo llamaba arte (con cierto retintín elitista), no dejaba de constituir un oficio, un mundo social, una institución económica, todo lo importante y venerable que se quiera, con sus normas, sus saberes y sus reglas bien aquilatadas, tanto en la fase ante como en la fase post producción.
Por último, tenía que reconocer que el arte era una cualidad, todo lo misteriosa que se quiera, dispersa por toda la sociedad, y casi por todos los resquicios de la vida: que arte hay en un coche y hasta, si me apuran, en una lavadora, como muy bien han sabido mostrar las vanguardias artísticas del siglo XX. El arte está en todas partes y en ningún sitio en concreto, y cuando se materializa es un elemento más del mercado de trabajo y de consumo, y una mercancía que circula por ambos: por una parte el artista o artesano, y por otra, su obra ya acabada.
Y sin embargo, aclarado todo esto, seguía sintiendo la misma angustia y la misma perplejidad inicial: la cuestión que me había asaltado inesperadamente durante la presentación de mi novela volvía a mí, sin resolverse, casi como una obsesión: ¿podría yo seguir creando después de convertirme en un productor de cultura para el mercado?
Ahí estaban los best seller: lanzamientos capaces de vender quinientos mil, un millón de ejemplares en pocas semanas; es cierto que muchos de ellos difícilmente podrían llamarse literatura, pero otros (véase el boom latinoamericano) cumplían sobradamente con las exigencias del arte de escribir. Por otro lado, tanto unos como otros cubrían las expectativas y las necesidades de cierto público, es decir, funcionaban como valores de uso, con bastante éxito en el mercado. Además en el caso de ser aceptados masivamente por el público, los libros literarios podían coexistir codo con codo con los libros que eran meros productos editoriales, tan dignos, insisto, como las lavadoras, los coches o los televisores de las mejores marcas.

Lo que, de paso, me recordaba que un cuadro de Rembrandt o una Ópera de Verdi también podían alcanzar ese mismo éxito, una vez independizados de sus artífices como mercancías culturales. Su carácter de objetos artísticos y su naturaleza de mercancías no entraban en conflicto ni antes ni después de ser creados. De hecho, una vez muertos sus autores funcionaban aún mejor como mercancías, como cuando cesa toda posibilidad de producción de un objeto valorado socialmente, por los conocidos mecanismos del monopolio y la sobre-valoración que conlleva toda escasez estructural en el mercado.
El problema se presentaba en el proceso, en el momento mismo de la creación. ¿Hay un conflicto insuperable entre el acto de crear y el acto de producir un objeto? Antes de ser mercancías, los productos culturales han de ser creados. ¿Qué significa esto? Cuando yo escribía mi novela ¿estaba produciendo en el mismo sentido que el obrero que pone una hilada de ladrillos o el operario que ensambla las piezas de un coche en una fábrica?
De pronto me di cuenta de que había muchas cosas en común, que ya he mencionado: el saber técnico, el diseño previo, la actividad física que inevitablemente involucra toda acción, llámese producción o creación, pero que había también, al menos, una diferencia esencial: cuando yo escribía mi libro estaba inevitablemente solo, como en el sueño, el nacimiento, o la muerte; es decir, estaba en un plano anterior o exterior a cualquier institución económica o, si me apuran, incluso social. Sólo así podía crear mi historia. En cambio, el productor trabajaba en equipo, o incluso cuando lo hacía solo en su taller, era ante todo no un solitario sino un miembro acreditado de un oficio, etcétera. Era la sociedad entera la que producía a través de él. En cambio en el caso de las artes o artesanías, aún en el de aquellas colectivas como el teatro, la música, o la ópera, sus artífices, aún actuando coordinadamente y a veces en grandes y complejos grupos, estaban inevitablemente solos, en la medida en que interpretaban artísticamente la obra eran unos solitarios. Dicho sea de paso, cuando antes mencionábamos que el arte está disperso por toda la sociedad también nos referíamos a esto: el obrero en su taller, o incluso en su fábrica o en su obra, también es un ser humano y por lo tanto, un solitario y, por lo tanto, un potencial creador de arte.
Como en el sueño, el nacimiento y la muerte, es posible que la creación de cultura, de verdadera cultura (elitismos aparte) dependa de esa soledad, de ese estar con la vida y con el mundo como algo inexplicable. Al fin y al cabo el mundo, en la medida en que no puede dar razón de sí mismo, como la propia vida, es algo irreductiblemente irracional. Se me ocurrió que, en este sentido, yo nunca podría crear mis libros poniendo simplemente en funcionamiento un saber, un oficio, y pensando en un público, como en el caso tan digno de muchas otras mercancías, sino entrando en un contacto estrecho y doloroso y feliz por momentos, con ese mundo y esa vida misteriosas, con lo que Rudiger Safranski llamara “la oscuridad del instante vivido”.
En ese momento y en ese proceso que yo llamaba y llamo creación, no podía producir ni un alfiler como lo hubiera hecho fácilmente, incluso un niño, en un taller, que cumpliera los requisitos más sencillos del arte. Antes y después mi actividad y su objeto serían tan sociales, económicos, y propios de mi tiempo como cualesquiera otros, pero no en ese momento. Nunca en ese momento. Eso es lo que descubrí o creí entender, y ello independientemente del desarrollo de los medios de información y comunicación, en plena era de globalización económica.
En el instante de crear yo sería siempre tan solitario como un lobo, como la fiera que devora su bocado, su parte de la presa palpitante del mundo y de la vida.
BIBLIOGRAFÍA:
BARASCH, Moshe: Teorías del arte. De Platón a Winckelmann. Madrid, Alianza Editorial, 1996.
KRIS, Ernst y KURZ, Otto: La leyenda del artista. Madrid, Cátedra, 1995.
Carlos Almira Picazo.
Nació el 31 de mayo de 1965 en Castellón de la Plana, España.
Doctor en Historia por la Universidad de Granada. Autor de una novela en papel: Jesuá, ed. Entrelíneas, Madrid, 2005; de un ensayo en papel: ¡Viva España! El nacionalismo fundacional del régimen de Franco (1939-43), Editorial Comares, Granada, 1997; de una novela en formato digital: Todo es Noche, Prometeus mdq, abril 2007; y de un centenar de cuentos y ensayos, publicados en revistas como Adamar, Axxon, Ed. Badosa, Destiempos, El Coloquio de los Perros, Cañasanta, Diezdedos, Remolinos, Magazine Siglo XXI, El Fantasma de la Glorieta, Revestidos, Tiempos Futuros, Quaderns Digitals, Literae Internacional,Ariadna, Fábula, Cuadernos del Minotauro, etcétera.
Email: carlosylolaarrobagmail.com
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